Entre actos
Entre actos Anunciado por la impetuosidad del perro afgano, entró el anciano. Había leído el periódico, estaba soñoliento y se hundió en el sillón de cretona con el perro a sus pies, el afgano. Con el morro sobre las patas, alzaba la grupa, parecía un perro de piedra, el perro de un caballero cruzado, protegiendo, incluso en el reino de la muerte, el sueño de su amo. Pero el amo no estaba muerto, solo soñando; adormilado, se veía a sí mismo, reflejado en un cristal salpicado de brillos, joven y con casco, una cascada siempre manando. Pero sin agua; las colinas eran como tela gris con dobleces; y, en la arena, aros formados por costillas; un buey comido por los gusanos al sol; y, a la sombra de la peña, salvajes; y en su mano un rifle. Crispada estaba la mano soñada; la real reposaba en el brazo del sillón, hinchadas las venas, pero ahora solo por un fluido parduzco.
Se abrió la puerta.
—Soy yo —se disculpó Isa—. ¿Molesto?
Claro que sí: destruía la juventud y la India. Pero él mismo tenía la culpa, ya que Isa se había empeñado en alargarle el hilo de la vida, tan delgado, tan lejano. En realidad, al verla afanada de un lado a otro de la habitación, él le agradecía que lo hiciera.