Entre actos
Entre actos Dejó el periódico y todos miraron el cielo, para ver si el cielo obedecía al meteorólogo. Sin duda, el tiempo era variable. Verde sobre el jardín, gris más allá. En ese instante salió el sol: arrebato de alegría sin límites, abrazando todas las flores, todas las hojas. Luego, se retiró compadeciéndose, cubriéndose la cara, como si no quisiera contemplar los sufrimientos humanos. Había cierta debilidad, cierta falta de simetría y orden, en las nubes que adelgazaban y se espesaban. ¿Acaso obedecían a sus propias leyes o no obedecían a ley alguna? Algunas apenas eran mechones de pelo blanco. Una, alta, muy distante, se había endurecido hasta ser de alabastro dorado, hecha de mármol inmortal. Más allá estaba el azul, el puro azul, el negro azul; el azul que nunca se había filtrado hasta abajo; el azul que se había escapado al registro. Nunca caía como sol, sombra o lluvia sobre el mundo, hacía caso omiso de la coloreada bolita, la Tierra. No caía en flor alguna, ni en campo, ni en jardín.
Los ojos de la señora Swithin se volvieron vidriosos mientras lo miraba. Isa pensó que la mirada de la señora Swithin se había quedado clavada porque allí veía a Dios, a Dios sentado en su trono. Pero cayó una sombra sobre el jardín y, al instante, la señora Swithin se relajó, bajó su fija mirada y dijo: