Entre actos
Entre actos Lemprière contestaría la pregunta; o la Enciclopedia. Pero no estaba en los libros la respuesta a aquella pregunta: ¿por qué, en la cabeza de Lucy, de forma tan parecida a la suya, había un ser al que cabía dirigir rezos? Bart suponía que su hermana no dotaba a dicho ser de pelo, dientes y uñas. Antes bien, se trataba, suponía, de una fuerza o de un resplandor que dominaba el tordo y el gusano, el tulipán y el perro, y también a él, un anciano de venas hinchadas. Ese ser la sacaba de la cama en las frías mañanas invernales y la mandaba a lo largo de la senda embarrada a rendirle culto a él, cuyo portavoz era Streatfield. Un buen tipo, que fumaba cigarros en la sacristía. Necesitaba un poco de consuelo, después de prodigar sus sermones a ancianos asmáticos, de reparar perpetuamente el perpetuamente ruinoso campanario mediante carteles de madera sujetos con clavos en los graneros. Estaba pensando que el amor que esa gente debiera dar a la carne y a la sangre lo daba a la Iglesia… cuando Lucy, golpeando la mesa con los dedos, dijo:
—¿Cuál es el origen, el origen, de esto?
—La superstición —dijo Bart.