Entre actos

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¿No despedía un poco de tufillo? La señora Sands se lo acercó a la nariz. El gato se frotaba los flancos, ahora un lado ahora otro, contra las patas de la mesa, contra las piernas de la señora Sands. Sí, la señora Sands le daría un trozo a Sunny —Sung-Yen, el nombre con que llamaban al gato en el salón, se había transformado en Sunny, en la cocina—. La señora Sands, acompañada por el gato, llevó el pescado a la despensa y lo dejó en una bandeja, en aquel cuarto semieclesiástico. Sí, aquella casa, antes de la Reforma, como muchas otras de los alrededores, tenía capilla; y la capilla se había transformado en despensa, al igual que había cambiado el nombre del gato, al cambiar la religión. El señor (así lo llamaban en el salón; en la cocina lo llamaban Bartie) solía llevar a otros caballeros a visitar la despensa, casi siempre cuando la cocinera no iba bien vestida. Y no los llevaba allí para que vieran los jamones colgados en ganchos, ni la mantequilla en el cuenco azul, ni la carne de la cena del día siguiente, sino la bodega que se abría al fondo de la despensa y su arco labrado. Si se golpeaba —uno de los caballeros siempre llevaba un martillo— sonaba a hueco; resonaba; sin duda alguna, decía el señor, había un túnel oculto donde alguien se había escondido en alguna ocasión. Podía ser. Pero a la señora Sands le habría gustado que los caballeros no entraran en la cocina ni contaran aquellas historias en presencia de las muchachas. Les metían ideas en sus locas cabezas. Oían a muertos haciendo rodar barriles. Veían a una dama blanca caminando bajo las copas de los árboles. Ni una de ellas cruzaba la terraza después del anochecer. Y si un gato estornudaba: «¡El fantasma!».


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