Entre actos

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—¿Cómo ha empezado esta conversación? —Contó con los dedos—: Faraones. Dentistas. Pescado… Oh, sí, sí, tú, Isa, has dicho que habías comprado pescado, y que temías que no fuera fresco. Y yo he dicho: «Ese es el problema…».

El pescado había llegado. El chico de Mitchell, sosteniéndolo bajo el brazo, saltó de la motocicleta. No había tiempo para dar terrones de azúcar al caballo delante de la puerta de la cocina, ni tampoco para chismorrear, pues le habían alargado la ruta de reparto. Tenía que hacer otra entrega de pescado al otro lado de la colina, en Bickley; y también dar un rodeo por Waythorn, Roddam y Pyeminster, nombres que, al igual que el suyo, constaban en el registro catastral. Pero la cocinera —la señora Sands, Trixie para los viejos amigos—, a sus cincuenta años, jamás había estado al otro lado de la colina, y tampoco quería ir.

El chico dejó sobre la mesa de la cocina los filetes de lenguado, el pescado semitransparente y sin espina. Y, antes de que la señora Sands tuviera tiempo de sacarlo del papel, el chico de Mitchell ya se había ido, después de dar una palmadita al hermoso gato pelirrojo que, tras alzarse majestuosamente, había saltado de la silla de rafia y había avanzado con suma elegancia hacia la mesa, al olisquear el pescado.


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