Entre actos
Entre actos —¿Y saben qué hice? ¿Puedo contarlo? ¿Está permitido, señora Swithin? SÃ, en esta casa todo puede contarse. Pues me quité el corsé —con las manos se oprimió los flancos: era oronda— y me revolqué sobre el césped. Me revolqué, ¿se lo imaginan…?
Y se carcajeó sin miramiento. HabÃa dejado de preocuparse por conservar la compostura y con ello habÃa ganado libertad.
«Esto es sincero», pensó Isa. Muy sincero. Y su amor por el campo, también. A menudo, cuando Ralph Manresa tenÃa que quedarse en la ciudad, la señora Manresa aparecÃa sola; se tocaba con un viejo sombrero de jardÃn; y no enseñaba a las mujeres del pueblo la manera de hacer conservas, sino el arte de tejer frÃvolos cestos de paja de colores. Lo que quieren es divertirse, decÃa la señora Manresa. Y a menudo, si uno la llamaba, contestaba cantando a la tirolesa entre las malvas:
—Joiti ti doity ti rei du…
Una persona como Dios manda. ConseguÃa que el viejo Bart se sintiera joven. El viejo Bart, con el rabillo del ojo, al alzar la copa, vio un blanco destello en el jardÃn. Pasaba alguien.
La criada encargada de la vajilla, antes de emprenderla con los platos, se refrescó las mejillas en el estanque de los nenúfares.