Entre actos
Entre actos De esta manera, golpe a golpe, con champán y miradas, dejó bien sentada su reivindicación de ser una salvaje hija de la naturaleza, que se había refugiado en este —esbozó una misteriosa sonrisa— abrigado puerto; lo cual la hacía sonreír, después de Londres, pero con aquella sonrisa también retaba a Londres. Y, a continuación, la señora Manresa les ofreció una muestra de su modo de vida, unos toques de chismorreo; puras tonterías; pero tampoco pretendía que fueran otra cosa; les contó que el martes anterior se había sentado al lado de tal y cual; y añadió, sin darle importancia, un nombre de pila; y un sobrenombre, y ese señor le dijo —ya que, por ser ella persona sin importancia, no paraban mientes en lo que le decían—, y «que quede entre nosotros, no hace falta decirlo», y la señora Manresa les contó lo que le habían dicho. Y todos aguzaron el oído. Y luego, con un ademán como si arrojara por la borda —así— aquella odiosa y corrompida vida londinense, la señora Manresa dijo:
—¡Adiós, muy buenas…! ¿Y saben qué es lo primero que hice en cuanto llegué aquí?
Habían llegado la noche anterior, después de recorrer en automóvil las carreteras de junio, ella y Bill solamente, claro está, dejando Londres, bruscamente transformado en una capital disoluta y sucia, a la hora de cenar.