Entre actos

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—¡También yo debo de tenerla! —exclamó la señora Manresa, la salvaje hija de la naturaleza. De repente, se puso solemne como una lechuza. Le constaba, dijo, pegando un pellizco al pan para dar mayor énfasis a sus palabras, que a Ralph, cuando estaba en la guerra, no podían haberlo matado sin que ella lo viera. Agitando las manos, de tal modo que el sol arrancó destellos a los diamantes, añadió—: Fuera cual fuese el lugar en que me encontrara e hiciera lo que hiciese.

—No, yo no soy así —dijo la señora Swithin, negando con la cabeza.

—No. —La señora Manresa se echó a reír—. Usted no es así. Ninguno de ustedes es así. Yo estoy a la misma altura que… —esperó a que Candish se fuera— los criados. No he madurado tanto como ustedes.

Y se pavoneó, contenta de su adolescencia. ¿Con razón o sin ella? Burbujeante, un chorro de sentimiento ascendió desde el barro. Los otros habían cubierto el barro con mármol. Para ellos, los huesos de carnero eran huesos de carnero, no restos de la ahogada lady Ermyntrude.

—¿Y a qué bando pertenece usted? —preguntó Bartolomew, dirigiéndose al invitado desconocido—. ¿Al de los maduros o al de los inmaduros?

Isabella abrió la boca, con la esperanza de que Dodge abriera la suya, a fin de poder clasificarlo. Pero Dodge siguió quieto, fija la mirada.


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