Entre actos
Entre actos —Y ahora —dijo la señora Manresa soltando la taza— este espectáculo en el cual hemos irrumpido y nos hemos inmiscuido —dando a entender que habÃa madurado como el albaricoque que las avispas estaban agujereando—, dÃgame, ¿en qué consiste? —Volvió la cabeza—. ¿No lo oyen? —Escuchó. Oyó risas, allÃ, entre los arbustos, allà donde la terraza lindaba con los arbustos.
Más allá del estanque de los nenúfares el terreno volvÃa a hundirse y, en la hondonada, se habÃan apiñado los arbustos y las zarzas. El lugar estaba siempre en sombra, moteada de sol en verano, oscura y húmeda en invierno. En verano, siempre habÃa mariposas; menudas mariposuelas veloces; rojas mariposas que revoloteaban sin ambiciones alrededor de una mata como lecheras con vestidos de muselina, satisfechas de consumir la vida allÃ. Generación tras generación, la caza de mariposas comenzaba allÃ; para Bartholomew y Lucy; para Giles; para George acababa de empezar el dÃa anterior, cuando, con su redecilla verde, atrapó una mariposa blanca.
Era el lugar ideal para el vestuario, tal como, evidentemente, la terraza era el sitio ideal para la representación.
La primera vez que los visitó y le enseñaron la finca, la señorita La Trobe habÃa exclamado:
—¡Es el sitio ideal!
Y era invierno. Los árboles estaban desnudos.