Entre actos
Entre actos La salvaje hija de la naturaleza, flotando una vez más en la marea de la benevolencia del anciano, lanzó una mirada, por encima de la taza de café con leche, a Giles, con quien se sentía secretamente identificada. Un hilo les unía, visible, invisible, como esos hilos, ahora vistos, ahora no vistos, que unen los trémulos tallos de la hierba en otoño, antes de que amanezca. Solo le había tratado una vez, durante el partido de críquet. Y, en aquella ocasión, se había formado entre los dos el hilo del alba que precede a la aparición de las ramas y el follaje de la verdadera amistad. Miró, antes de beber. Mirar formaba parte del beber. ¿Por qué desperdiciar sensaciones, parecía preguntar la señora Manresa; por qué desperdiciar siquiera una gota de entre todas las que cabe exprimir de este mundo maduro, dulce y adorable? Entonces bebió. Y el aire a su alrededor se tejió de sensaciones. Bartholomew lo sintió; Giles lo sintió. Si Giles hubiera sido caballo, la delgada y castaña piel se le hubiera estremecido, como si una mosca se hubiera posado en ella. Isabella también se estremeció. Los celos y el enojo traspasaron su piel.