Entre actos

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La señorita La Trobe siempre se lanzaba de cabeza a organizar cosas. Pero ¿de dónde procedía? Con aquel apellido, no cabía presumir que fuera una inglesa pura. ¿De las islas del canal, quizá? Sus ojos y ese aire tan suyo siempre hicieron sospechar a la señorita Bingham que la señorita La Trobe tenía sangre rusa. «Aquellos ojos hundidos, aquel mentón tan rectangular» le recordaban a la señora Bingham —y conste que no había estado en Rusia— a los tártaros. Se rumoreaba que la señorita La Trobe había regentado un salón de té en Winchester; que había fracasado. Que había sido actriz. Que había fracasado. Que había comprado una casita de campo con cuatro dormitorios y la había compartido con una actriz. Y que se habían peleado. En realidad, poco se sabía de la señorita. Físicamente, era morena, fuerte y recia; iba por los campos con una larga camisa de obrero; a veces con un cigarrillo en los labios; a menudo con un látigo en la mano; y solía emplear un lenguaje un tanto subido de tono —¿quizá, entonces, no era una dama? De todos modos, se lanzaba de cabeza con pasión a organizar cosas.

Las risas se apagaron.

—¿Van a actuar? —preguntó la señora Manresa.

—Actuarán, cantarán, bailarán. Harán un poco de todo —dijo Giles.


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