Entre actos
Entre actos Pero Isa, que hubiera debido levantarse cuando lo hizo la señora Haines, siguió sentada. Los ojos de oca de la señora Haines lanzaron llamas hacia ella, y como en un cloqueo, parecía decir: «Por favor, señora de Giles Oliver, tenga la bondad de advertir mi existencia…», de manera que Isa se vio forzada a hacerlo y finalmente se levantó con su desteñido vestido largo y sus trenzas colgándole sobre los hombros.
A la luz del amanecer de una mañana de verano, se veía que Pointz Hall era una casa de tamaño medio. No figuraba entre las casas que destacan las guías turísticas. Era demasiado hogareña. Pero esa casa blanquecina de tejado gris a la que habían añadido un ala en ángulo recto, aun situada con muy poco acierto en la parte baja de la pradera con la fila de árboles en el margen superior, de manera que el humo ascendía retorciéndose hasta los nidos de las cornejas, despertaba el deseo de vivir en ella. Al pasar en automóvil ante la casa, la gente decía: «¿La pondrán en venta algún día?», y preguntaban al chófer: «¿Quién vive en esta casa?».