Fin de viaje
Fin de viaje Conociendo su apatía para contestar a las preguntas, Helen se abstuvo de hacerlas. Pensó que acaso escondiese, bajo su aspecto frívolo, algún resentimiento. Se sonrojó al pensar que ella, su esposo o Rachel pudieran haberle molestado. Por su gusto le hubiera pedido que se explicase, pero sabía de antemano que era inútil.
A la hora de la comida, Pepper fue levantando con su tenedor las hojas de lechuga e inspeccionándolas concienzudamente.
—Si todos mueren del tifus, no seré yo responsable —comentó.
«Y si tú mueres de aburrimiento, tampoco lo seré yo», pensó Helen. Volvió a reflexionar sobre algo que varias veces le pasó por la imaginación. «¿Se habrá enamorado nunca?».
No era posible hablar confidencialmente con aquel hombre extraño, con toda su amabilidad, sus libros, sus notas y su buen sentido, pero con una sequedad de alma que repelía involuntariamente. Helen lamentaba perder aquella amistad, pero se alegraba de no tener a un huésped tan poco sociable.