Fin de viaje
Fin de viaje —Sà —dijo la señorita Allan—, pero adornan y son acogedoras —y miraba satisfecha los grandes cortinajes granates—. PodrÃan abrirse las ventanas, aunque las cortinas estén corridas —propuso—, asà se evitarÃan corrientes de aire a las personas mayores.
Los músicos iniciaron un vals. Todos se agolparon a las puertas, indecisos. A poco fueron atreviéndose y saliendo parejas a la pista. El hielo estaba roto. Fue como si una ola inundara el salón. A un baile seguÃa otro. Los bailarines se separaban, reposaban y volvÃan a bailar de nuevo. Junto a las paredes se formaban grupos de personas mayores. Cuando los músicos descansaban, la juventud salÃa a la terraza para airearse y dar un par de vueltecitas. Se habÃa repetido esto ya varias veces, cuando Hirst, que se apoyaba en una ventana, percibió a Helen y Rachel en una de las puertas. HabÃa tanta gente que solo pudo ver un hombro de Helen y la frente de la muchacha. Al verle llegar, le recibieron alegremente.
—Estarnos sufriendo la tortura de los condenados —dijo Helen.
—SÃ, una cosa asà es la idea que tengo formada del infierno —asintió Rachel. Estaba aturdida, pero sus ojos brillaban. Hewet y la señora Allan, que bailaban con dificultad, se acercaron para saludarlas.
—¡Qué agradable es verlas! —dijo Hewet—. Y el señor Ambrose ¿no ha venido?