Fin de viaje

Fin de viaje

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Él está siempre con lo suyo y que no le distraigan. ¿Puede bailar una mujer con 40 años? No puedo seguir quieta ni un momento más.

Hewet y Helen salieron a la pista a bailar.

—Habrá que imitarles —dijo Hirst a Rachel, tomándola decidido por el brazo.

Rachel, sin ser experta en la danza, poseía un sentido del ritmo que le permitía seguir a su pareja sin tropiezos. Hirst no sabía música ni tenía la menor noción del ritmo, conocía los pasos de la danza y los aplicaba sin más complicaciones. Unos cuantos pasos les convencieron de la inutilidad de sus esfuerzos. No disfrutaban ellos y entorpecían a los demás.

—¿Lo dejamos? —propuso, algo amoscado, Hirst.

A trompicones lograron salir de la pista y situarse en uno de los rincones del salón. Bullían los colores vivos y claros, mezclados con los obscuros de la etiqueta masculina.

—Bonito espectáculo —comentó Hirst—. ¿Baila mucho en Londres?

A pesar de su aparente tranquilidad, ambos estaban nerviosos.

—Poco, casi nunca —contestó Rachel—. En casa solo se celebra baile una vez al año, para la Pascua. Este piso es bastante bueno.


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