Fin de viaje

Fin de viaje

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Lo primero que llamó la atención de Helen cuando bajaba la escalera para ir a tomar el té fue ver un coche detenido ante la puerta de la casa y dentro de él, faldas, sombreros, plumas y cabezas muy inquietas. En aquel momento apareció la muchachita española y como Dios le dio a entender pronunció dos nombres que en nada se parecían a los de la señora Thornbury ni la señora Flushing, que fueron las damas que descendieron del coche y entraron.

—La señora Wilfred Flushing —presentó la señora Thornbury—, amiga de la señora Raymond Parry. —Y a continuación presentó a Helen, que saludó a ambas efusivamente.

La señora Flushing representaba unos cuarenta años, tenía buen porte y saludable aspecto. Su esbeltez la hacía parecer más alta.

Su rostro, de marcadas facciones, mostraba unos ojos claros que miraban sin pestañear. Sus formas y modales eran dominantes, sin grosería, pero se la notaba algo nerviosa. La señora Thornbury, con tacto exquisito, iba limando las asperezas de los primeros momentos.



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