Fin de viaje
Fin de viaje «Te adoro, pero me repele el matrimonio. Su presunción, su seguridad, su compromiso, el pensamiento de que te entrometieras en mi trabajo y me lo impidieras». Se detuvo apoyándose contra el tronco de un árbol. Miraba fijamente, sin verlas, unas piedras que había en el cauce del río seco. Veía claramente el rostro de Rachel, sus ojos grises, su pelo, su boca, su cara que sabía plasmar tantas cosas. Ingenua, sin expresión, casi insignificante o loca, apasionada, casi bellísima. A sus ojos resultaba siempre así. La extraordinaria libertad con que le miraba eran su pensamiento y su sentir. ¿Qué le contestaría ella? ¿Qué sentiría? ¿Le amaría o no sentiría absolutamente nada por él, ni por ningún otro hombre? Había dicho, aquella tarde, que era libre como el viento o la luna. «¡Oh sí, eres libre! —exclamó con exaltación al pensar en ella—. ¡Y yo te mantendría libre! ¡Seríamos libres juntos! ¡Lo compartiríamos todo juntos! ¡Ninguna felicidad igualaría a la nuestra! ¡Ninguna vida tendría comparación con la nuestra!». Abrió los brazos en cruz, como si fuere a retenerla en ellos y al mundo entero, en un solo abrazo. No pudo extenderse en más consideraciones sobre el matrimonio. Ni pensar fríamente en cómo sería ella. Ni que les aguardaba una vida unidos. Se sentó sobre el suelo, se abismó en su pensamiento y pronto surgió el tormento de desear encontrarse nuevamente a su lado.