Fin de viaje
Fin de viaje Hewet pudo evitarse el disgusto de imaginar a Hirst de palique con Rachel. La reunión se deshizo pronto: los Flushing marcharon en una dirección, Hirst en otra y Rachel siguió en el vestíbulo revolviendo las revistas ilustradas y reflejando en todos sus movimientos la inquietud que sentía y el estado de deseo e intranquilidad que la dominaba. No sabía si marchar o quedarse. La señora Flushing, en tono de mando, le dijo que no faltase al té. El vestíbulo estaba vacío, salvo la señorita Willett, que tocaba unas escalas en el piano y los Carter, una pareja opulenta que miraban a aquélla con poca simpatía. No la encontraban bastante atildada, era melancólica y por sentimiento recíproco adivinaban que tampoco ellos le eran agradables. Rachel no se hubiera entendido con ellos por una sencilla razón. El señor Carter se engomaba el bigote y su esposa se recargaba de pulseras. Pertenecían evidentemente a la clase de personas con las que no podía simpatizar. Pero estaba demasiado embebida en su propia inquietud y ni siquiera pensó en ellos.
Se entretenía con la lectura de una revista americana, cuando se abrieron las puertas del vestíbulo dejando entrar un chorro de luz solar que brilló en el suelo un instante y sobre una figurita pequeña vestida de blanco que derechamente se dirigía a Rachel.
—¿Usted aquí? —exclamó Evelyn—. La vi mientras comíamos, pero ni siquiera se dignó mirarme.