Fin de viaje
Fin de viaje En la semioscuridad de la cubierta veíase solo la punta de los cigarrillos. Las palabras surcaban la obscuridad sin energía ni objeto. El día había sido largo y muy caluroso, y el aire fresco de la noche caía como unos dedos suaves sobre los párpados, invitando al descanso. Una forma blanca se movió y desapareció. Después de dar unos pasos, el señor Flushing y Hirst la siguieron. Quedaron tres sillas ocupadas por silenciosos cuerpos. La luz en lo alto del mástil junto a la de las estrellas les señalaba formas sin perfil definido. En aquella obscuridad, el alejamiento y la soledad hízoles sentirse más unidos. Durante un rato nadie habló. Por fin Helen suspiró:
—Conque los dos sois muy felices, ¿eh?
Como si el aire la purificase, su voz sonó más espiritual y dulce que otras veces.
A poca distancia dos voces contestaron:
—Sí.
A través de la obscuridad intentó distinguirlos, ¿qué podía decirles? Rachel pasaba ya a otra tutela. Comprendió que debía decirles algo, pero se sentía vieja y deprimida.
—¿Os dais cuenta de lo que habéis empezado? —preguntóles—. Ella es joven, los dos sois jóvenes, y el matrimonio… —se calló.
Le rogaron que continuase, y tan sinceras eran sus voces, que añadió: