Fin de viaje
Fin de viaje Durante dos o tres horas más, los reflejos de la luna iluminaron la obscura noche. Sin interceptarla las nubes, su claridad bañaba toda la tierra y el mar como un blanco y frío sudario. En aquellas horas el silencio fue completo, y el único ruido perceptible el causado por el movimiento del aire al pasar entre las ramas y hojas. Las sombras que había en la tierra se movían también. En este profundo silencio se oyó como un llanto inarticulado, que parecía de niños muy pobres, de gente débil o dolorida. Estaba ya el sol en el horizonte, el aire, tímido, se hizo a cada momento más rico y lleno de vida, y los ruidos más atrevidos, rebosando arrojo y autoridad. El humo ascendía titubeante sobre las casas. El sol brilló sobre unas ventanas obscuras.