Fin de viaje

Fin de viaje

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Hacía ya muchas horas que el sol brillaba y coloreaba con sus rayos antes de que se viera movimiento alguno en el hotel. Sobre las nueve y media la señorita Allan llegó muy despacio al vestíbulo, se acercó sin ganas a una de las mesitas donde estaban los periódicos de la mañana, pero no alargó la mano hacia ellos. Se quedó parada, pensativa, con la cabeza algo inclinada sobre los hombros. Se la notaba aviejada, se podía fácilmente adivinar cómo sería dentro de unos años. Otras personas entraron pero no habló a nadie. Ni siquiera los miró. Por fin, como si comprendiera que algo tenía que hacer, se sentó muy quietecita en un butacón mirando con fijeza ante ella. Se sentía muy vieja e inútil, como si su vida hubiera sido un fracaso, como si su dureza y laboriosidad no sirviesen para nada. No tenía empeño en seguir viviendo, y sabía que así tenía que ser. Era tan fuerte que viviría hasta ser una mujer muy vieja. Probablemente viviría hasta los ochenta. Ahora contaba cincuenta. ¡Treinta años más de vida! Se miraba las manos con curiosidad; sus viejas manos que tanto trabajaron para ella. No parecía tener afán por nada. Levantó los ojos y se encontró con la señora Thornbury en pie ante ella, con el entrecejo fruncido y los labios entreabiertos. Parecía no atreverse a hacer la pregunta. La señorita Allan se anticipó:

—Sí, murió esta madrugada. Muy temprano. A eso de las tres.


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