Fin de viaje
Fin de viaje El siguiente amanecer se vio amenizado por los ruidos propios de las operaciones de atraque. El monótono trepidar del corazón del Euphrosyne cesó súbitamente en el preciso momento que Helen pisaba la cubierta. Lo primero que divisó fue un majestuoso y altivo castillo enclavado en la cumbre de un monte.
Habían anclado en la desembocadura del Tajo, cuya corriente besaba amorosa los lados del buque. En cuanto terminó el desayuno, Willoughby descendió a tierra con una cartera de piel bajo el brazo, avisándoles que no volvería hasta media tarde, pues tenía algunos asuntos que resolver en Lisboa.