Kew Gardens
Kew Gardens Unas prolongadas pausas separaban estos comentarios, que pronunciaban con voz neutra y monótona. La pareja se detuvo frente al arriate y juntos hincaron la punta de la sombrilla de la joven en la blanda tierra. El acto, así como el hecho de que la mano de él descansara sobre la de ella, expresó sus sentimientos de un modo singular, al igual que esas palabras breves e insignificantes también habían expresado algo, palabras de alas demasiado cortas para un cuerpo tan henchido de significado, inadecuadas para volar lejos y que, por tanto, se posaban torpes en los objetos comunes que los rodeaban, demasiado imponentes para su inexperto tacto. Pero ¿quién sabe (eso pensaban ellos, mientras hincaban la sombrilla en la tierra) qué precipicios ocultan, o qué laderas heladas brillan al otro lado? ¿Quién sabe? ¿Quién lo ha visto antes? Hasta cuando ella preguntó qué clase de té servirían en Kew, él intuyó que algo acechaba tras aquellas palabras, que algo aguardaba, inmenso y sólido, tras ellas; entonces la bruma se levantó despacio y descubrió —cielos, ¿qué eran aquellas formas?— mesitas blancas y camareras que la miraron primero a ella y luego a él, y una cuenta que él pagaría con una auténtica moneda de dos chelines. Porque era real, todo era real, se repitió, tocando la moneda en su bolsillo; era real para todos, salvo para él y para ella, aunque hasta a él empezaba a parecerle real. Y entonces…, pero era demasiado turbador quedarse allí pensando, y de un tirón sacó la sombrilla de la tierra, impaciente por encontrar un sitio donde tomar el té con los demás, como los demás.