Kew Gardens
Kew Gardens Y, así, con similares movimientos distraídos y sin rumbo, pasaron ante el arriate una pareja tras otra, envueltas en capas de vapor verde azulado donde sus cuerpos tenían al principio sustancia y una pincelada de color, pero después tanto sustancia como color se disolvían en el verde entorno. ¡Hacía calor! Tanto que hasta el tordo prefería saltar, como un pájaro mecánico, a la sombra de las flores, con largas pausas entre un movimiento y el siguiente; en lugar de revolotear sin rumbo, las mariposas blancas danzaban superpuestas, dibujando con sus blancas y cambiantes láminas el contorno de una rota columna de mármol sobre las flores más altas; en el invernadero de las palmeras, el tejado de vidrio brillaba como si todo un mercado de resplandecientes paraguas verdes se hubiese abierto al sol y, en el rumor del aeroplano, la voz del cielo estival manifestaba su alma bravía. Amarillas y negras, rosas y níveas, las formas de todos estos colores, hombres y mujeres y niños, se dibujaban fugaces en el horizonte y luego, al ver la extensión de amarillo reflejada en la hierba, flaqueaban y buscaban la sombra de los árboles, y se disolvían como gotas de agua en el entorno amarillo y verde, tiñéndolo apenas de rojo y azul. Parecía como si todos los cuerpos pesados se hubiesen desplomado por el calor y yacieran inmóviles, apiñados en el suelo, pero sus voces flotaban vacilantes como las trémulas llamas que surgen del grueso cuerpo céreo de las velas. Voces. Sí, voces. Voces sin palabras que rompían súbitamente el silencio con profunda alegría, con deseo apasionado o con frescura y sorpresa en el caso de los niños. ¿Rompían el silencio? Pero si no había silencio: los autobuses movían las ruedas y cambiaban de marcha sin cesar, y la ciudad murmuraba como un infinito juego de cajas chinas de acero forjado en cuya cima gritaban las voces, y los pétalos de un sinfín de flores esparcían sus colores en el aire.