Kew Gardens
Kew Gardens Lo habían encontrado, en la sala. Aunque nunca llegamos a verlos. El cristal de las ventanas reflejaba manzanas, reflejaba rosas; todas las hojas eran verdes en el cristal. Si se movían por la sala, la manzana sólo mostraba su lado amarillo. Pero, si poco después se abría la puerta, se esparcía por el suelo, colgaba de las paredes, pendía del techo… ¿qué? Mis manos estaban vacías. La sombra de un tordo cruzó la alfombra. Desde los más hondos abismos del silencio, llegó el arrullo de la paloma torcaz. «A salvo, a salvo, a salvo», latía suavemente el pulso de la casa. «El tesoro escondido, la habitación…». Cesó el latido. ¿Sería ese el tesoro escondido?
Un instante después, la luz se había disipado. ¿Fuera, en el jardín, entonces? Pero los árboles tejían la penumbra para un errático rayo de sol. Tan hermoso, tan singular, sumergido bajo la superficie, ese rayo que yo buscaba ardía siempre tras el cristal. La muerte era el cristal; la muerte estaba entre nosotros. Primero visitó a la mujer, hace cientos de años, y la casa quedó abandonada, las ventanas selladas, las habitaciones a oscuras. Él dejó la casa, la dejó a ella, fue al norte, fue al este, vio salir las estrellas en el cielo del sur; buscó la casa y la encontró abandonada bajo las colinas. «A salvo, a salvo, a salvo», latía alegre el pulso de la casa. «El tesoro es vuestro».