Kew Gardens
Kew Gardens Sería a mediados de enero del presente año cuando levanté la vista y vi por primera vez la marca en la pared. Para precisar una fecha, es necesario recordar lo que se vio. Y lo que recuerdo es el fuego, una lámina constante de luz amarilla sobre la página de mi libro y tres crisantemos en un redondo jarrón de vidrio sobre la repisa de la chimenea. Sí, seguramente era invierno y acabábamos de tomar el té, porque recuerdo que estaba fumando cuando levanté la vista y vi por primera vez la marca en la pared. Miré a través del humo del cigarrillo y mis ojos se detuvieron unos instantes en las brasas, lo que me hizo rememorar esa antigua fantasía de la bandera escarlata ondeando en la torre del castillo y los caballeros rojos que cabalgaban ladera arriba por un cerro negro. Fue un gran alivio que la visión de la marca interrumpiese mis ensoñaciones, pues se trata de una fantasía antigua, una fantasía automática que quizá inventé de niña. La marca era una pequeña mancha redonda en la pared blanca, situada a unos quince centímetros por encima de la chimenea.
