Kew Gardens
Kew Gardens Se inclinan, nos alumbran con su farol plateado, nos miran largo y tendido. Se demoran. Entra una ráfaga de viento y la llama vacila un poco. Unos turbulentos rayos de luna cruzan el suelo y la pared y, al encontrarse, tiñen los rostros inclinados, los rostros pensativos, los rostros que contemplan a los durmientes y buscan su alegrÃa oculta.
«A salvo, a salvo, a salvo», late orgulloso el corazón de la casa.
—Tantos años… —Suspira él.
«Habéis vuelto a encontrarme».
—Aquà —murmura ella—, cuando dormÃamos, cuando leÃamos en el jardÃn, cuando reÃamos, cuando llevábamos las manzanas al desván. Aquà dejamos nuestro tesoro.
Se inclinan, y su luz me hace abrir los ojos.
«¡A salvo, a salvo, a salvo!», late arrebatado el pulso de la casa.
Me despierto y exclamo:
—Ah, ¿es este vuestro tesoro escondido? La luz en el corazón.