Kew Gardens

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Pero, en cuanto a la marca, no estoy segura; pensándolo bien, no creo que la hiciese un clavo, porque es demasiado grande, demasiado redonda. Podría levantarme, pero, aunque me levantase a mirar, tampoco podría asegurarlo con certeza, porque cuando algo está hecho, hecho está, y nadie sabe cómo llegó a suceder. ¡Ay, qué misteriosa es la vida! ¡Qué impreciso el pensamiento! ¡Qué ignorante es la humanidad! Para mostrar el escaso dominio que tenemos sobre nuestras posesiones, lo fortuita que es nuestra vida después de tantos siglos de civilización, permítanme enumerar algunas cosas que perdemos a lo largo de la vida, empezando por la que siempre me ha parecido la más misteriosa de todas las pérdidas: ¿qué gato es capaz de mordisquear, qué ratón es capaz de roer tres latas celestes con herramientas para encuadernar libros? Y también las jaulas de los pájaros, los aros de hierro, los patines de acero, el cubo para el carbón estilo Reina Ana, el tablero para jugar a bagatela, el organillo… Todo desaparecido, y las joyas también. Ópalos y esmeraldas, que estarán enterrados entre las raíces de los nabos. ¡Qué precaria es nuestra vida, en efecto! Lo asombroso es que justo ahora esté vestida y rodeada de sólidos muebles. Porque, de comparar la vida con algo, ¡sería con salir despedida por un túnel a ochenta kilómetros por hora para acabar en el otro extremo, sin una sola horquilla en el pelo! ¡Caer a los pies de Dios completamente desnuda! ¡Rodar por los prados de asfódelos como un paquete de papel marrón lanzado por el tobogán de la oficina de correos! Con el cabello al viento, como la cola de un caballo de carreras. Sí, eso parece expresar la celeridad de la vida, el desgaste y la renovación constantes, todo tan fortuito, todo tan arbitrario…


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