Kew Gardens
Kew Gardens Y, después de la vida, esa lenta escora de los gruesos tallos verdes para que el cáliz de la flor, al inclinarse, nos inunde de luz roja y morada. ¿Por qué, a fin de cuentas, no podemos nacer allí como nacemos aquí, indefensos, mudos, incapaces de ver bien, avanzando a tientas entre las raíces de la hierba, a los pies de los gigantes? En cuanto a decir cuáles son árboles, cuáles son mujeres y hombres, o si existen tales seres, eso no estaremos en condiciones de afirmarlo hasta pasados unos cincuenta años. No habrá más que espacios de luz y oscuridad surcados por gruesos tallos y, quizá más arriba, manchas en forma de rosa de un color ambiguo —tenues rosas y azules— que, con el paso del tiempo, se volverán más definidas, se volverán… no sé qué…
Y, sin embargo, la marca de la pared no es ningún agujero. Hasta podría tratarse de una sustancia negra y redonda, como un hojita de rosa que siguiese allí desde el verano y yo, que no soy un ama de casa hacendosa…, como botón de muestra, el polvo en la repisa de la chimenea, el polvo que, según se dice, sepultó Troya tres veces y sólo algunos fragmentos de vasijas se resistieron a la destrucción, como así parece.