Kew Gardens

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«Y entonces entré en la habitación. Hablaban de botánica. Dije que había visto una flor que crecía en un montículo de polvo en el terreno de una vieja casa de Kingsway. La semilla, comenté, debió de sembrarse durante el reinado de Carlos I. ¿Qué flores había durante el reinado de Carlos I?». Eso pregunté (pero no recuerdo la respuesta). Quizá flores altas con madroños morados. Y cosas así. Siempre estoy embelleciendo mentalmente mi propia imagen, con cariño y disimulo, sin adorarla de forma explícita, pues, en tal caso, enseguida me descubriría y alargaría un brazo para coger un libro con el que protegerme. En efecto, es curioso cómo protegemos instintivamente nuestra propia imagen de la idolatría o de cualquier actitud que pueda ridiculizarla, o alejarla tanto del original que ya no resulte creíble. ¿O no es tan curioso? Es un asunto de suma importancia. Supongamos que el espejo se rompe, la imagen desaparece y la figura romántica rodeada de verdes profundidades boscosas ya no está, sino sólo la envoltura de la persona tal como la ven los demás…, ¡qué asfixiante, superficial, árido e imponente se vuelve el mundo! Un mundo en el que no se puede vivir. Cuando nos miramos cara a cara en los autobuses y los vagones del metro, miramos el espejo que refleja la mirada ausente y vidriosa de nuestros ojos. Los novelistas del futuro comprenderán cada vez más la importancia de estos reflejos, porque no hay un único reflejo, por supuesto, sino un número casi infinito; estas son las profundidades que explorarán, los fantasmas que perseguirán. Omitirán gradualmente de sus historias la descripción de la realidad, que darán por sabida, como hicieron los griegos y quizá Shakespeare…, pero estas generalizaciones no son necesarias. El sonido militar de la palabra es más que suficiente. Evoca editoriales de prensa, ministros, toda una serie de cosas que de niños considerábamos la cosa en sí, lo que tocaba, lo inapelable, aquello de lo que no podíamos apartarnos, so pena de sufrir una maldición indescriptible. Las generalizaciones también evocan los domingos en Londres, los paseos de las tardes de domingo, los almuerzos del domingo y también formas de hablar de los muertos, ropa y costumbres, como la costumbre de sentarse todos juntos en una habitación hasta cierta hora, aunque a nadie le gustaba. Había una norma para todo. En aquella época en concreto, la norma para los manteles era que estuviesen bordados con pequeños recuadros amarillos, como los que se ven en las fotografías de las alfombras que cubren los pasillos de los palacios reales. Los manteles que no eran así, no se consideraban verdaderos manteles. Qué espantoso, pero también qué maravilloso fue descubrir que esas cosas tan reales, los almuerzos y los paseos del domingo, las casas de campo y los manteles, no eran reales del todo, sino poco más que fantasmas, y que la maldición de los incrédulos no era sino una sensación de ilegítima libertad. ¿Qué ocupa ahora el lugar de esas cosas, me pregunto, de esas cosas teóricamente reales? Los hombres, tal vez, si se es mujer; el punto de vista masculino que gobierna nuestras vidas, que dicta las normas, que decide quién aparece en el Almanaque de personajes ilustres de Whitaker que, desde la guerra, se ha convertido en poco más que un fantasma para tantos hombres y mujeres, y que pronto —eso espero—, será despreciado y arrojado a la basura adonde van a parar los fantasmas, los aparadores de caoba y los grabados de Landseer, los dioses y los demonios, el Infierno y demás, dejándonos a todos con una embriagadora sensación de ilegítima libertad…, si es que existe la libertad…


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