Kew Gardens

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No, nada está demostrado, ni nada se sabe. Y si yo me levantase ahora mismo para cerciorarme de que la marca en la pared es en realidad… —¿qué podría ser?— la cabeza de un clavo gigantesco incrustada hace doscientos años, que ahora, debido a la paciente dedicación de muchas generaciones de criadas, asoma sobre la capa de pintura y echa su primer vistazo a la vida moderna en la forma de una habitación de paredes blancas iluminada por el fuego, ¿qué ganaría yo con eso? ¿Conocimiento? ¿Material para seguir especulando? Puedo pensar igual sentada que de pie. ¿Y qué es el conocimiento? ¿Qué son nuestros actuales sabios sino los descendientes de brujas y ermitaños que, agazapados en bosques y cuevas, preparaban pociones de hierbas, hablaban con las musarañas y anotaban el lenguaje de los astros? Y que respetamos cada vez menos a medida que nuestras supersticiones disminuyen y aumenta nuestro respeto por la belleza y la salud mental… Sí, puedo imaginarme un mundo muy agradable. Un mundo sereno, amplio, con flores muy rojas y azules en los campos abiertos. Un mundo sin profesores, ni especialistas, ni amas de llaves con maneras policiales, un mundo que se pueda surcar con el pensamiento como un pez surca el agua con su aleta y roza los tallos de los nenúfares suspendidos sobre nidos de blancos huevos de mar… ¡Qué bien se está aquí abajo, arraigada en el centro del mundo, contemplando las aguas grises con sus súbitos destellos de luz y sus reflejos! Si no fuera por el Almanaque de Whitaker… ¡Si no fuera por su Índice de ilustres!


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