Las Olas
Las Olas —En un mundo que contiene el momento presente —dijo Neville—, ¿para qué hacer diferencias? Nada deberÃa tener nombre por temor a que al nombrar cambiemos las cosas. Que existan, por un instante, esta orilla, esta belleza, y yo, empapado de placer. El sol arde. Veo el rÃo. Veo los árboles moteados y quemados a la luz del otoño. Pasan flotando las barcas, cruzan el rojo, el verde. Tañe a lo lejos una campana, pero no toca a muerto. Hay campanas que tocan a vida. Cae una hoja, de alegrÃa. ¡Ah, estoy enamorado de la vida! ¡Mira cómo el sauce extiende sus finos brotes por el aire! Mira cómo pasa entre ellos una barca, cargada con jóvenes vigorosos, inconscientes, indolentes. Escuchan un gramófono, comen fruta que sacan de bolsas de papel. Arrojan las pieles de los plátanos, las cuales se hunden en el rÃo como anguilas. Es hermoso todo lo que hacen. Hay frascos tras ellos, y adornos; sus habitaciones están llenas de remos y oleografÃas, pero han conseguido que todo sea hermoso. Pasa por debajo del puente la barca. Llega otra. Después, otra. Aquél es Percival, recostado en los cojines, monolÃtico, en gigantesco reposo. No, es tan sólo uno de sus satélites que imita su reposo monolÃtico, gigantesco. Sólo él no es consciente de sus bromas, y cuando los coge en ello los abofetea de buen humor dándoles un zarpazo. Ellos también han pasado por debajo del puente, por «los surtidores de los árboles colgantes», a través de sus hermosos trazos de color amarillo y ciruela. Se siente la brisa, la cortina vibra; veo tras las hojas los edificios solemnes, pero eternamente alegres; parecen porosos, ingrávidos, leves, aunque asentados desde tiempos inmemoriales sobre el césped antiguo. Ahora comienza a surgir en mà el ritmo familiar; ahora se levantan las palabras que yacÃan dormidas, ahora elevan la cresta, como olas, van y vienen, van y vienen de nuevo. Soy un poeta, sÃ. Seguro que soy un gran poeta. El paso de las barcas y de la juventud y árboles en la lejanÃa, «los surtidores que caen de los árboles colgantes». Veo todo. Siento todo. Tengo inspiración. Se me llenan de lágrimas los ojos. Pero incluso al sentir esto, fustigo mi frenesà cada vez más. Se vuelve espuma. Se vuelve artificial, insincero. Palabras y palabras, cómo galopan, cómo agitan las largas crines y las colas, pero a causa de algún defecto en mà no puedo subir a su lomo; no puedo volar con ellas, ahuyentando a las mujeres y las bolsas. Hay en mà algún defecto, alguna duda fatal, que, si la omito, se convierte en espuma y falsedad. Y, sin embargo, serÃa increÃble que no fuera un gran poeta. ¿Qué es lo que escribà anoche si no era poesÃa? ¿Soy demasiado rápido, demasiado vehemente? No lo sé. A veces no me conozco a mà mismo, ni sé medir, nombrar, ni contar las células que me convierten en lo que soy.