Las Olas
Las Olas »Siento que me censuras, y siento tu fuerza. Me convierto, contigo, en un ser humano impulsivo, desordenado, cuyo pañuelo multicolor siempre está manchado con grasa de bollos. Sí, tengo la Elegía[93] de Gray en una mano, y con la otra pesco el bollo que queda abajo, el que ha absorbido toda la mantequilla y se pega al fondo del plato. Te molesta, siento tu malestar de manera intensa. Inspirado por él, y ansioso por recobrar tu estima, procedo a decirte que acabo de sacar a Percival de la cama; describo sus zapatillas, la mesa, la vela llena de cera, la voz hosca y enfadada al retirarle las mantas de los pies, mientras se oculta en un vasto capullo. Describo todo esto de una forma que, centrado como estás en alguna pena particular (porque preside nuestro encuentro una figura encapuchada), te rindes, te ríes y te alegras conmigo. Mi encanto y el fluir de las palabras, inesperado y espontáneo, también a mí me agradan. Estoy sorprendido, mientras retiro el velo de las cosas con las palabras, porque cuánto he observado, cuán infinitamente más de lo que sé decir. Cada vez pugnan más cosas por salir en mi mente mientras hablo, imágenes e imágenes. Lo que necesito, me digo, es esto; ¿por qué, pregunto, no soy capaz de acabar la carta que estoy escribiendo? Pues mi habitación siempre está llena de cartas inconclusas por todas partes. Comienzo a sospechar, cuando estoy contigo, que me encuentro entre los hombres de mayor talento. Estoy lleno de la alegría de la juventud, de vigor, de ilusión por el porvenir. Trastabillando, pero fervoroso, me veo zumbando alrededor de las flores, bajando con un zumbido hacia las copas escarlata, haciendo que resuenen los conos azules con mis ruidos prodigiosos. Con qué riqueza disfrutaré de mi juventud (tú me lo haces sentir). De Londres. De la libertad. Pero me detengo. No escuchas. Protestas, mientras te escurres, con un gesto inexpresablemente familiar, con la mano que cuelga junto a la rodilla. Diagnosticamos mediante signos como ése las enfermedades de nuestros amigos. “Con tu afluencia y plenitud”, pareces decir, “me evitas”. “Deténte”, dices. “Pregúntame por lo que me hace sufrir.”