Las Olas
Las Olas »Descienden mis raíces entre veneros de plomo y plata, cruzan lugares húmedos, ciénagas que exhalan olores, hasta llegar a un nudo hecho de raíces de roble que se entrelazan en el centro. Sellado y ciego, con los oídos atascados de tierra, sin embargo, he oído los rumores de las guerras y el ruiseñor, he sentido la prisa de las muchas tropas de hombres reunidos aquí y allí en busca de la civilización, como bandadas de pájaros que emigran en busca del verano, he visto mujeres llevando cántaros de barro por las orillas del Nilo. Me desperté en el jardín, con un golpe en la nuca, un beso apasionado, de Jinny, y recuerdo todo esto igual que se recuerdan los gritos confusos y las columnas que caen y las vigas negras y rojas de algún destructivo fuego nocturno. Siempre estoy durmiéndome y despertando. Me duermo, despierto. Veo la brillante tetera, el mostrador lleno de emparedados de color amarillo claro, los hombres con abrigos largos subidos a las banquetas junto a la barra, y, también detrás de ellos, la eternidad[95]. Es un estigma marcado a fuego, por un encapuchado, con un hierro al rojo vivo sobre mi carne temblorosa. Veo a este restaurante destacarse sobre el pasado como alas de pájaros, apretadas e inquietas, con muchas plumas, plegadas. De ahí mis labios contraídos, la palidez enfermiza, el aspecto hosco y desagradable cuando miro con odio y amargura a Bernard y Neville, que pasean indolentes bajo los tejos, que heredan sillones, que corren las cortinas para que las lamparillas iluminen los libros.