Las Olas
Las Olas »Ahora pasaré, como si tuviera algún propósito, por la habitación, hasta el balcón bajo el toldo. Veo el cielo, suavemente emplumado con el repentino fulgor de la luna. Veo también las verjas de la plaza, dos personas sin cara, inclinadas igual que estatuas contra el cielo. Hay, pues, un mundo inmune al cambio. Cuando salgo de esta sala cuajada de lenguas que me cortan como cuchillos, que me hacen tartamudear, que me hacen mentir, encuentro caras despojadas de sus rasgos, arropadas en hermosura. Se sientan los amantes bajo el plátano. Hay un policía de centinela en la esquina. Pasa un hombre. Hay, pues, un mundo inmune al cambio. Pero todavía no me encuentro suficientemente serena, en pie, de puntillas al borde del fuego, todavía ardiendo por el aliento cálido, con miedo a que la puerta se abra y salte el tigre, incapaz de decir ni una frase. Lo que digo se contradice perpetuamente. Cada vez que se abre la puerta, se me interrumpe. Todavía no tengo veintiún años. Me romperán. Se reirán de mí toda la vida. Me arrojarán en medio de estos hombres y mujeres, con caras gesticulantes, lenguas mentirosas, como un corcho en el mar bravío. Igual que una cinta unida a un tallo, vuelo lejos cada vez que se abre la puerta. Soy la espuma que avanza y cubre de blanco el borde superior de las rocas, soy también una muchacha, aquí, en esta habitación.»