Las Olas
Las Olas EL SOL, en lo alto, ya levantado del colchón verde desde el que lanzaba de reojo una airada mirada a través de joyas de agua, se desnudó la cara y miró de frente a las olas. Caían con golpes regulares. Caían con la conclusión de las pezuñas de los caballos sobre el césped. Subía la espuma igual que las lanzas y azagayas arrojadas por encima de las cabezas de los jinetes. Barrían la playa con puntas de diamante y azul acerado. Iban y venían con la energía, la musculatura de una máquina que muestra su fuerza una y otra vez. Caía el sol sobre bosques y cosechas. Se volvían azules los ríos, y se llenaban de surcos; la hierba, que descendía hasta el borde del agua, se volvía verde, semejante a las plumas de pájaros que se moviesen suavemente a contrapelo. Las colinas, curvas y controladas, parecían estar sujetas por correas, como un miembro atado por músculos; y los bosques que se erguían orgullosos en sus faldas eran iguales a una crin tersa y recortada sobre el cuello de un caballo.