Las Olas

Las Olas

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En el jardín, donde se espesaban los árboles sobre los arriates, charcos e invernaderos, cantaban los pájaros; cada uno por su cuenta, bajo el ardiente sol. Cantaba uno bajo la ventana del dormitorio; otro, sobre el tallo más alto del arbusto de lila; otro, encima de la tapia. Cantaban con estridencia, con pasión, con vehemencia, igual que si la canción les estallase dentro, sin importarles que perturbase la canción de otro pájaro con agria disonancia. Los ojos redondos brillaban hinchados, se agarraban las patas al tallo o a la verja. Cantaban, expuestos sin defensa, al aire y al sol, hermoseados con plumas nuevas, con nervaduras semejantes a élitros o brillantes cotas de malla, ahí rayados de azules pálidos, allí salpicados de oro, o con el trazo de una pluma brillante. Cantaban como si les acuciara a ello la intensidad de la mañana. Cantaban como si el borde del ser estuviese afilado y debiese cortar, debiese partir en dos la palidez de la luz verdeazul, la humedad de la tierra mojada, los gases y humos del grasiento vapor de la cocina, el caliente aliento del cordero y la ternera, el sabroso hojaldre y la fruta, los residuos húmedos y las mondaduras vaciadas del cubo de la basura, por donde fluía un lento vapor que se filtraba hacia el resto de la basura. Sobre lo empapado, lo manchado de humedad, lo rizado por el agua, descendían, con el pico seco, implacables, repentinos. Caían en picado desde la rama de la lila o desde la tapia. Espiaban a un caracol, y golpeaban la concha contra una piedra. Picoteaban con furia, metódicamente, hasta que la concha se rompía y algo viscoso fluía del agujero. Describían un círculo, y se elevaban volando rápidamente por el aire, trinando con notas cortas, agudas, y se posaban sobre las ramas más altas de un árbol, y miraban hacia las hojas y troncos de los árboles debajo, y hacia los campos florecidos de blanco, ondulantes de hierba, y hacia el mar que golpea semejante a un tambor que dirigiera un regimiento de soldados con plumas y turbantes. De vez en cuando, discurrían las canciones juntas en rápidas escalas, igual que los trenzados de algún arroyo de montaña cuyas aguas, al juntarse, hiciesen espuma, y bajasen cada vez más aprisa por un solo canal, rozando las anchas hojas. Pero, aparece una rosa, se separan.


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