Las Olas

Las Olas

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»Habiéndome bajado, tan satisfecho como se retira del pecho un niño, ya estoy en libertad para hundirme profundamente en los acontecimientos, en esta vida general, omnipresente. (Cuánto, anoto, depende de los pantalones: con unos pantalones en mal estado, una cabeza inteligente se halla en clara desventaja.) Se observan curiosas dudas en la puerta del ascensor. ¿Esta dirección, aquélla, la otra? A continuación se afirma la individualidad. Salen. Impelidos por alguna necesidad. Algún triste asunto, llegar a una cita, comprar un sombrero, separa a estos hermosos seres humanos que estuvieron tan unidos. En cuanto a mí, carezco de propósito. No tengo ambiciones. Me dejaré llevar por el impulso general. Se desliza la superficie de mi mente semejante a un arroyo de color gris pálido que refleja lo que pasa. No puedo recordar el pasado, ni mi nariz, ni el color de mis ojos, ni la opinión que en general tengo de mí mismo. Sólo en momentos de peligro, al cruzar, en un paso, sobre un encintado, salta el deseo de proteger mi cuerpo, y se apodera de mí, y me detiene, aquí, ante este autobús. Insistimos, al parecer, en seguir viviendo. Luego, de nuevo, desciende la indiferencia. El rugido del tráfico, el paso de las caras indiferenciadas, por aquí y por allá, me hacen soñar como si fueran una droga, se borran los rasgos de las caras. La gente podría atravesarme andando. Y, ¿qué es este momento, este día particular en el que estoy atrapado? Podría ser un clamor el gruñido del tráfico: árboles del bosque o el rugido de animales salvajes. Con un suspiro, ha retrocedido una pulgada o dos el carrete del tiempo, se ha cancelado nuestro breve progreso. También creo que, a decir verdad, están desnudos nuestros cuerpos. Sólo estamos ligeramente cubiertos con ropas abotonadas; y bajo estas calzadas hay conchas, huesos y silencio.


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