Las Olas
Las Olas »Mientras tanto, en pie, mirando por la ventanilla del tren, siento de forma extraña, de forma convincente, que a causa de mi gran felicidad (me he comprometido para casarme) me he vuelto parte de esta velocidad, de este proyectil arrojado contra la ciudad. La insensibilidad me vuelve tolerante y complaciente. Mi querido señor, podría decir, ¿por qué se pone nervioso y baja la maleta en la que introduce esa gorra que ha llevado durante toda la noche? Nada de lo que hagamos servirá de nada. Sobre nosotros se cierne una espléndida unanimidad. Nos hacemos más grandes, más solemnes y, de repente, más uniformes, como si nos empujara el ala de algún ganso enorme (es una mañana hermosa, pero incolora), porque solamente tenemos un deseo: llegar a la estación. No quiero que el tren se detenga con un golpe seco. No quiero que la relación que nos ha mantenido unidos, sentados unos enfrente de otros durante toda la larga noche, se rompa. No quiero sentir que el odio y la rivalidad han reanudado su movimiento, y que los deseos vuelven a ser diferentes. Fue gratamente recibida nuestra comunidad en el veloz tren, sentados, con el único deseo de llegar a Euston, pero, ¡ay!, ha concluido. Hemos logrado nuestro deseo. Hemos llegado al andén. Se reafirman la prisa, la confusión y el deseo de ser los primeros en cruzar la puerta del ascensor. Pero yo no deseo ser el primero en cruzar esa puerta, en retomar el peso de la vida individual. Yo, que, desde el lunes, cuando me dijo sí, he tenido todos los nervios tan saturados de un sentido de identidad, que no podía ver ni un cepillo de dientes en el vaso sin decirme “mi cepillo de dientes”, deseo ahora abrir las manos y dejar caer todas mis posesiones, y quedarme simplemente en medio de la calle, sin participar, mirando los autobuses, sin deseo, sin envidia, con lo que sería una curiosidad sin fronteras acerca del destino humano si mi mente tuviese todavía algún vigor. Pero no lo tiene. He llegado, soy aceptado, no pregunto nada.