Las Olas

Las Olas

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—Qué hermosa, qué extraña ciudad —dijo Bernard— es Londres, con sus muchos brillos, agujas de iglesias, cúpulas; yace ante mí bajo la niebla. Guardada por gasómetros, por chimeneas de fábricas, yace dormida mientras nos aproximamos. Abraza al hormiguero en su seno. Se envuelven en silencio, con suavidad, todo el clamor y los gritos. Ni la propia Roma tiene un aspecto tan majestuoso. Pero nos dirigimos a ella. Su somnolencia maternal se torna inquietud. Salen de la niebla cordilleras adornadas con casas. Se yerguen fábricas, catedrales, cúpulas de cristal, instituciones y teatros. Semejante a un proyectil, se arroja contra ella el primer tren de la mañana procedente del norte. Corremos la cortina al pasar. Pasamos iguales a centellas, y nos detenemos haciendo ruido en las estaciones donde se nos quedan mirando caras expectantes e inexpresivas. Sacudidos por nuestro viento, igual que una premonición de la muerte, se agarran los hombres a los periódicos con más fuerza. Pero pasamos rugiendo. Estamos a punto de estallar en las estribaciones de la ciudad, igual que un obús estalla en el costado de algún animal majestuoso, maternal, laborioso. Zumba y murmura, nos aguarda[97].





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