Las Olas
Las Olas —Si creyera —dijo Rhoda— que voy a envejecer persiguiendo deseos en medio de los cambios, me desembarazarÃa del miedo, nada permanece. Un momento no conduce a otro. Se abre la puerta, el tigre salta. No me visteis llegar. Daba vueltas entre las sillas para evitar el horror del salto. Os temo. Temo el golpe de la sensación que me asalta, porque no puedo manejarla igual que vosotros, no logro que un momento se funda en el siguiente. Para mà son violentos todos, están separados todos; y si me derrumbase, conmocionada por el golpe del asalto del momento, caerÃais sobre mà y me harÃais trizas. Carezco de propósito. No sé cómo emparejar minuto con minuto y hora con hora, ni sé desenredarlos mediante alguna fuerza natural hasta que constituyan el todo entero e indivisible al que llamáis vida. Porque vosotros tenéis un propósito —¿se trata de una persona junto a la que sentarse, de una idea, de la belleza?, no lo sé—, pasan vuestros dÃas y horas como las ramas de los árboles del bosque, y como el suave verde de los senderos del bosque pasa para un perro que sigue una pista. Pero no hay sólo olor, no hay un cuerpo único para que yo lo siga. Y no tengo cara. Soy igual a la espuma que discurre por la playa o la luz de la luna que cae semejante a una flecha sobre una lata aquÃ, ahà sobre una flor del cardo de mar con su cota de malla, sobre un hueso, sobre una barca medio comida. Me arremolino en las cuevas, y me doy golpes, igual que si fuera papel, contra interminables pasillos, y debo apretar la mano contra la pared para devolverme a mà misma.