Las Olas

Las Olas

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—Si hubiera nacido —dijo Bernard— sin saber que a una palabra sigue otra, habría podido ser, quién sabe, cualquier cosa. Pero, de hecho, hallando causalidades por doquier, no puedo soportar el peso de la soledad. Cuando no veo palabras que se retuercen hasta formar anillos de humo en torno a mí, estoy en la oscuridad, no soy nada. Cuando me quedo solo, me aletargo y me digo, mientras muevo los rescoldos entre las barras de la parrilla, vendrá Mrs. Moffat. Vendrá y limpiará todo. Cuando se queda solo, Louis ve con asombrosa intensidad, y escribirá unas palabras que quizá nos sobrevivan a todos nosotros. A Rhoda le encanta estar sola. Nos teme porque ponemos en peligro ese sentido del ser que se hace extremo en la soledad, mira cómo coge el tenedor, su arma contra nosotros. Pero yo sólo existo cuando el fontanero o el tratante de caballos o quienquiera que sea dice algo que me hace arder. Y entonces, qué grato es el humo de mis frases, sube y baja, se alza y cae sobre las rojas langostas y la fruta amarilla, las convierte en una guirnalda de belleza. Pero fíjate qué oropeles tiene la frase, con qué evasiones y viejas mentiras está construida. Así que mi carácter se compone, en parte, de los estímulos que proporcionan otras personas, y, a diferencia de los vuestros, no es mío. Hay en él algo funesto, una veta de plata irregular y cambiante que lo debilita. Eso justifica aquello que, en la escuela, solía irritar a Neville: lo dejaba solo. Me iba con los fanfarrones, con gorritas e insignias, montados en las enormes furgonetas; aquí hay algunos, esta noche, cenando en compañía, vestidos correctamente, antes de salir en perfecta concordia camino de la sala de fiestas. Los amaba. Porque me hacen existir, al igual que vosotros. De aquí, también, que cuando me vaya y salga el tren, creeréis que no es el tren el que se va, sino yo, Bernard, quien no se preocupa, quien es insensible, quien no tiene billete, y quien quizá ha perdido el monedero. Susan, mirando fijamente a la cinta que se mueve por entre las hayas, grita: «¡Se ha ido!, ¡se me ha escapado!». Porque no hay nada que coger. Yo me hago y me vuelvo a hacer continuamente. Cada persona extrae de mí diferentes palabras.


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