Las Olas
Las Olas —Se marcha Percival —dijo Neville—. Aquà estamos sentados, iluminados, polÃcromos todo —manos, cortinas, cuchillos y tenedores, los otros comensales— se funde entre sÃ. Estamos emparedados. Pero la India está en el exterior.
—Veo la India —dijo Bernard—. Veo la costa larga y baja, veo las callejas tortuosas, llenas de barro pisoteado, que serpentean entre pagodas ruinosas, veo los edificios dorados y almenados que tienen un aspecto de fragilidad y decadencia como si fueran edificios provisionales para alguna exhibición oriental. Veo un par de bueyes que tiran de una carreta por una carretera cocida al sol. La carreta se bambolea de incompetencia. Ahora se atasca una rueda en una rodada, y al momento la rodean, semejantes a un enjambre, innumerables nativos con taparrabos, parlotean excitados. Pero no hacen nada. El tiempo parece inacabable; la ambición, vana. Sobre todo ello sobrevuela la sensación de la inutilidad de los esfuerzos humanos. Hay extraños olores agrios. En una zanja, un anciano continúa masticando betel y contemplándose el ombligo. Pero, ahora, mira, se adelanta Percival, cabalga en una yegua pÃa y lleva un salacot. Usando criterios occidentales, usando la lengua violenta que le es propia, se endereza la carreta en menos de cinco minutos. Se ha resuelto el problema oriental[104]. Sigue cabalgando, la multitud se apiña en torno a él, creerán que es —lo que en verdad es— un dios.