Las Olas
Las Olas —Desconocido, con o sin secreto, no importa —dijo Rhoda—, es igual que una piedra que cae en un estanque infestado de pececillos. Semejantes a pececillos habÃamos estado corriendo de un lado a otro, hasta que salÃamos disparados hacia él cuando aparecÃa. Igual que pececillos conscientes de la presencia de una gran piedra, cimbramos y nos arremolinamos contentos. Subrepticiamente desciende sobre nosotros la tranquilidad. Corre el oro por nuestras venas. Uno, dos, uno, dos, late el corazón con serenidad, con confianza, en un trance de bienestar, en un éxtasis de benevolencia: y, mirad —las partes más lejanas de la tierra—, sombras pálidas en el horizonte más lejano, la India, por ejemplo, se levantan ante nuestra conciencia. El mundo arrugado se redondea, vienen de la oscuridad provincias remotas, vemos carreteras embarradas, la espesa jungla, multitudes de hombres, y el buitre que se alimenta de un cadáver hinchado igual que si estuviera ante nuestros ojos, parte de nuestra provincia espléndida y orgullosa, desde que Percival, cabalgando solo sobre una yegua pÃa, avanzando por un camino solitario, ha instalado el campamento entre árboles abandonados, y se sienta a solas, mirando las enormes montañas.