Las Olas

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—Pero pronto, demasiado pronto —dijo Bernard—, decae esta egoísta euforia. Demasiado pronto concluye el momento de voraz identidad, y el apetito de felicidad; y se devora más y más felicidad. Se hunde la piedra, ha concluido el momento. En torno a mí se extiende un amplio margen de indiferencia. Se abre ahora en mis ojos un millar de ojos de curiosidad. Cualquiera podría ahora asesinar a Bernard, que se ha comprometido en matrimonio, en tanto que dejen intacto este margen de territorio desconocido, este bosque del mundo desconocido. ¿Por qué, pregunto (en un discreto susurro), cenan en soledad aquellas mujeres?, ¿quiénes son?, ¿y qué las ha traído esta tarde concreta a este sitio concreto? El joven del rincón, a juzgar por la forma nerviosa con que se lleva la mano a la nuca de vez en cuando, es un campesino. Se muestra servil y tan deseoso de responder adecuadamente a la gentileza del amigo de su padre, a su anfitrión, que apenas disfruta de lo que disfrutará mucho más mañana, aproximadamente a las once y media de la mañana. También he visto a aquella dama empolvarse la nariz en medio de una conversación absorbente, sobre amor, quizá; sobre las desdichas de su amiga más querida, quizá. «¡Ay, en qué estado tengo la nariz!», piensa, y de nuevo aparece la borla de la polvera, borrando al pasar los sentimientos más fervientes del corazón humano. Permanece ahí, sin embargo, el problema insoluble del hombre del monóculo, el de la anciana que bebe champán en soledad. ¿Quiénes son y a qué se dedican estos solitarios?, pregunto. Podría hacer una docena de cuentos con lo que dijo él, con lo que dijo ella; veo una docena de retratos. Pero, ¿qué son los cuentos? Juguetes a los que hago dar vueltas, pompas que envío al aire, un anillo que pasa por otro. A veces empiezo a dudar que haya cuentos. ¿Cuál es mi cuento?, ¿cuál el de Rhoda?, ¿cuál el de Neville? Hay hechos, por ejemplo: «El joven del traje gris, cuya reserva contrastaba de manera tan extraña con la locuacidad de los demás, se limpiaba ahora las migas del chaleco, y con un gesto idiosincrásico, a la vez autoritario y benévolo, hizo una señal al camarero, que vino al momento y regresó al instante con la cuenta discretamente plegada sobre un plato». Ésta es la verdad, éste es el hecho, pero más allá todo es oscuridad y conjeturas.


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