Las Olas
Las Olas —Ahora, una vez más —dijo Louis—, cuando estamos a punto de separarnos, despuĂ©s de pagar la cuenta, el cĂrculo de nuestra sangre, roto tan a menudo, tan claramente, porque somos tan diferentes, se cierra en un anillo. Hemos hecho algo. SĂ, nos levantamos y nos movemos, un poco nerviosos, rezamos, manteniendo en las manos este sentimiento compartido: «No os mováis, no dejĂ©is que la puerta batiente haga pedazos lo que hemos hecho, lo que se engloba aquĂ, entre estas luces, estas mondaduras, esta basura de migas de pan y gentes que pasan. No os mováis, no salgáis. Quedaos siempre asĂ».
—Mantengámoslo un momento —dijo Jinny—; amor, odio, como queráis llamarlo, este globo construido con Percival, juventud y belleza y algo tan profundamente hundido en nosotros que quizá nunca volvamos a obtener de ningún hombre un momento igual a éste.
—Hay en esto —dijo Rhoda— bosques y paĂses lejanos en el confĂn del mundo, mares y junglas, aullidos de los chacales, y luz de luna que cae sobre una cumbre elevada que sobrevuela el águila.
—Hay felicidad en esto —dijo Neville—, y la quietud de las cosas ordinarias. Una mesa, una silla, un libro con una plegadera entre las páginas. Y un pétalo que cae de una rosa, y la luz que se estremece mientras estamos sentados en silencio; o hablamos de repente, tal vez, mientras pensamos en una trivialidad.