Las Olas
Las Olas »Junto a la ventana, como si no se hubiera abierto un golfo en la calle, ni hubiera árbol con hojas rígidas que no podamos pasar, las mujeres arrastran los pies. Nos merecemos tropezar en las toperas. Somos infinitamente abyectos, arrastramos los pies con los ojos cerrados. Pero, ¿por qué tengo que someterme?, ¿por qué tengo que avanzar el pie, y subir la escalera? Aquí es donde estoy, aquí, sujetando un telegrama. Se alejan torrencialmente, como papel quemado lleno de ojos rojos, el pasado, los días de verano y las habitaciones en las que nos sentábamos. ¿Por qué reunirse y continuar? ¿Por qué hablar y comer y relacionarse con otras personas? Desde este momento estoy solo. Ahora, nadie me conocerá. Tengo tres cartas suyas: “voy a jugar a los tejos con un coronel, así que esto es todo”; así concluye nuestra amistad, abriéndose camino a empujones entre la multitud mientras me dice adiós con la mano. Esta farsa no merece una celebración más solemne. Sin embargo, con que sólo alguien hubiese dicho: “Espera”, y hubiese apretado la cincha tres agujeros más, habría impartido justicia durante cincuenta años, habría sido miembro del tribunal supremo, habría cabalgado solo a la cabeza de un ejército, habría denunciado alguna tiranía monstruosa, y habría regresado junto a nosotros.