Las Olas
Las Olas »Ahora digo que hay una sonrisa, un subterfugio. Hay algo que se rÃe burlonamente a nuestras espaldas. Aquel chico casi pierde el equilibrio al subir al autobús. Percival se cayó, murió, está enterrado, y yo veo cómo pasa la gente, sujetándose a los pasamanos de los autobuses, decididos a conservar la vida.
»No levantaré el pie para subir la escalera. Me quedaré un rato bajo el árbol inmitigable, solo, con el hombre degollado[106], mientras en el piso de abajo la cocinera mete y saca los reguladores del tiro. No subiré las escaleras. Estamos condenados, todos. Las mujeres con bolsas de la compra arrastran los pies. Continúa pasando la gente. No me destruirás. Durante este momento, este único momento, estamos juntos. Te abrazo. Ven, dolor, aliméntate de mÃ. Hunde tus colmillos en mi carne. Desgárrame en trozos. Sollozo, sollozo.»
—Tal es la incomprensible combinación —dijo Bernard—, tal es la complejidad de las cosas, que al bajar por las escaleras no sé distinguir entre la tristeza y la alegrÃa. Ha nacido mi hijo, Percival ha muerto. Me sostienen columnas, me apuntalan los costados recias emociones, pero ¿cuál es de pena?, ¿cuál, de alegrÃa? Pregunto y no sé, sólo sé que necesito silencio, estar solo y salir y disponer de una hora para pensar en lo que le ha sucedido a mi mundo, lo que ha hecho a mi mundo la muerte.