Las Olas
Las Olas »Ah, sí, os lo puedo asegurar, hombres con sombrero de fieltro, mujeres con cestas de la compra, habéis perdido algo que habría sido de gran valor para vosotros. Habéis perdido a un guía a quien habríais seguido; y una de vosotras ha perdido felicidad e hijos. Ha muerto quien te los habría proporcionado. Yace en una tienda de campaña, vendado, en un caluroso hospital de la India, mientras los sirvientes sentados en el suelo mueven esa clase de abanicos, se me ha olvidado cómo se llaman. Pero esto es importante. “Ya estás fuera”, dije, mientras observaba cómo las palomas se posaban en los tejados, y nacía mi hijo, como si fuera un hecho. Y continúo diciendo (se llenan de lágrimas los ojos y se secan), “pero esto es mejor de lo que uno se hubiera atrevido a esperar”. Digo, apelando a lo abstracto, que se enfrenta conmigo, sin ojos, en un extremo de una avenida, en el cielo, “¿es esto lo máximo que puedes hacer?”, entonces hemos triunfado. Has hecho lo máximo, digo, dirigiéndome a esa cara inexpresiva y brutal (porque tenía veinticinco años, y habría llegado a los ochenta), para nada. No voy a tumbarme y desperdiciar llorando una vida de cuidados. (Tengo que anotar una entrada en el cuaderno: desprecio hacia quienes infligen la muerte sin sentido.) Más aún, esto es importante, debería ser capaz de situarlo en escenas triviales y ridículas, para que no se sienta absurdo, encaramado a un caballo enorme. Debo ser capaz de decir: “Percival es un nombre ridículo.” A la vez, permitidme que os diga, hombres y mujeres que corréis hacia la boca del metro, deberíais haberlo respetado. Deberíais haber marchado tras él en formación. Qué extraño es remar entre la multitud, viendo la vida a través de ojos huecos, ojos ardientes.