Las Olas

Las Olas

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»Contemplo, pues, la virgen azul bañada en lágrimas. Éstas son mis honras fúnebres. No tenemos ceremonias, sólo cantos fúnebres privados, sin conclusiones; sólo sensaciones violentas, cada una de ellas separada. Nada de lo que se ha dicho conviene a este caso. Nos sentamos a recorrer fragmentos en la sala italiana de la National Gallery[107]. Dudo que Tiziano oyese roer jamás a esa rata. Los pintores viven vidas de metódico ensimismamiento, añaden pincelada tras pincelada. No son como los poetas: chivos expiatorios. No están encadenados a la roca. De ahí el silencio, lo sublime. No obstante, ese carmesí debe de haber ardido en las entrañas de Tiziano. Sin duda que se irguió con los poderosos brazos que sujetan el cuerno de la abundancia, y cayó, en ese descenso. Pero el silencio me abruma: la invitación constante al ojo. La presión se ejerce de forma intermitente y con sordina. Distingo demasiado poco y demasiado vagamente. Se pulsa el timbre, y no sueno ni profiero clamores todos discordantes. Algunas cosas espléndidas me excitan inmoderadamente: el carmesí que hace ondas contra el forro verde, la alameda de columnas, la luz anaranjada tras las orejas puntiagudas, negras, de los olivos. Salen de mi espina dorsal flechas de sensaciones, pero sin orden.




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